Ruta de la Seda

HISTORIA DE JESÚS

Según el historiador Flavio Josefo (37 - 100 d.C.)

Flavio Josefo, en hebreo Josef Ben Matityahu, fue un historiador judío en el siglo I, conocido por sus obras que documentan la historia judía y proporcionan importantes relatos sobre el contexto histórico del cristianismo primitivo y del Imperio Romano nacido en Jerusalén alrededor del año 37 d.C.

Poco después de la muerte de Jesús, Josefo vivió durante un período tumultuoso para el pueblo judío, marcado por revueltas y conflictos con Roma. Su vida y obras son fundamentales para la comprensión de la historia de Palestina y del judaísmo en el período del segundo Templo.

Flavio Josefo Mayor

en el año 66 d.C. estalló la gran revuelta judía contra el dominio romano y Josefo, como líder militar en Galilea, comandó tropas judías contra las legiones romanas. Sin embargo, tras la derrota de los judíos en la fortaleza de Jpata, Josefo fue capturado por los romanos. Mientras estaba preso, Josefo hizo una predicción al general romano Vespasiano, de que él se convertiría en Emperador de Roma. Lo que años después de hecho ocurrió. Impresionado Vespasiano, liberó a Josefo quien adoptó el nombre de la familia Imperial Flavio, como señal de su lealtad al Imperio Romano.

Flavio Josefo es considerado uno de los principales historiadores del mundo antiguo. Sus obras son fuentes valiosas para el estudio de la Palestina en el siglo I.

La vida religiosa judía, los conflictos políticos y el contexto en el que surgió el cristianismo, aunque sus descripciones son frecuentemente vistas con sospecha debido a su colaboración con los romanos, Josefo ofrece informaciones que no están disponibles en otras fuentes.

Josefo vivió sus últimos años en Roma, disfrutando del patrocinio Imperial. No se sabe con certeza cuándo murió, pero se cree que fue alrededor del año 100 d.C. Su obra, aunque enfrenta desafíos y contradicciones, permanece esencial para los historiadores y estudiosos del período Antiguo y del nacimiento del cristianismo.

Aquí transcríbimos una carta de su autoría, aunque no se sabe cuándo fue escrita, dirigida a sus compatriotas: "Saludos, mis hermanos: Les escribo desde Roma, donde los rumores y relatos de nuestra tierra han llegado con fuerza. Mucho se habla sobre Jesús de Nazaret, aque que como sabéis caminó entre nosotros hace algunas décadas. Deseo compartir con vosotros, no sólo lo que he oído de diversas fuentes, sino lo que ví y testimonio acerca de este hombre, que tantos consideran un profeta, otros un maestro y algunos hasta el Mesías prometido.

Jesús era un hombre de apariencia simple, pero su presencia era cautivadora. En las calles y sinagogas él hablaba con una autoridad que no era común entre nuestros maestros. Sus discursos estaban cargados de sabiduría y muchos decían que enseñaba con la claridad y el poder de los antiguos profetas. Recuerdo haber escuchado su voz fuerte y serena, diciendo palabras que tocaban el corazón de los sencillos y desafiaban a los eruditos. Las multitudes le seguían sedientas por la esperanza y curación.

Su fama se extendió por toda Galilea y muchos eran atraídos por los relatos de sus milagros; ciegos que recuperaban la visión, cojos que volvían a andar, leprosos purificados y hasta muertos que según dicen fueron devueltos a la vida. Sé que muchos de nosotros, fariseos y saduceos lo miramos con desconfianza, pues él desafiaba las tradiciones y confrontaba abiertamente la hipocresía de algunos de nuestros líderes. No obstante, no puedo negar que el pueblo lo amaba. Él hablaba de un reino de Dios que no era de este mundo; de un padre que acogía a todos, e invitaba a los pecadores al arrepentimiento y la reconciliación.

Flavio Josefo Adulto

Durante la fiesta de Pascua, la agitación creció. Yo estaba en Jerusalén cuando oí sobre su entrada triunfante en la ciudad, montado en un burro, mientras las multitudes lo aclamaban como hijo de David, el Mesías. Aquello provocó un furor en los sacerdotes y líderes del Templo, que temían la creciente influencia de aquel hombre. Algunos esperaban que liderara una revuelta contra los romanos, pero Jesús parecía más interesado en transformar el corazón del hombre que en gobernar por la espada. Poco después oí la traición de uno de sus propios discípulos, Judas, y cómo fue arrestado, llevado al juicio del Sanedrín y entregado a Poncio Pilatos. La acusación, blasfemia y agitación política.

Supe que fue azotado, ridiculizado y finalmente condenado a la crucifixión, el castigo más vergonzoso, reservado a los criminales. Muchos de nosotros pensamos que con su muerte su mensaje desaparecería, pero como bien sabéis, no fue eso lo que ocurrió. Después de su ejecución surgieron rumores y testimonios de que Jesús había resucitado de entre los muertos; algunos dicen que vieron el sepulcro vacío, otros afirman que lo vieron y hablaron con él. Hay quienes aseguran que ascendió al cielo ante los ojos de sus seguidores.

La verdad, mis hermanos, es que sus discípulos, aquellos hombres y mujeres, sencillos pescadores y recaudadores de impuestos se convirtieron en líderes valientes anunciando sus palabras con fervor y sin temor. Roma, como siempre, es un centro de rumores y especulaciones. Muchos hablan de los que siguen a este Jesús, somo si fueran sectas peligrosas, pero veo que a pesar de las persecuciones y prisiones, ellos permanecen firmes. Parece que algo en ellos los impulsa a continuar, incluso ante la muerte.

Debéis saber que no escribo para juzgar ni para apoyar, sino únicamente para relatar lo que veo y escucho de este hombre de Nazaret. Sea quién sea, dejó una marca profunda en nuestra historia, incluso aquí en el corazón del Imperio, su nombre es pronunciado con mezcla de temor, respeto y odio. Sea cómo sea, espero que el Altísimo nos guíe hacia la verdad y que podamos entender los tiempos que vivimos con sabiduría y discernimiento. Que la paz y la justicia sean nuestra guía y que la luz de la Torá continúe iluminando nuestro camino".

Hace algunos años regresé a nuestra tierra movido por el deseo de comprender más sobre aquel que tantos dicen sacudió los fundamentos de Israel. Me dirigí a Nazaret, la pequeña aldea donde Jesús creció. Allí encontré a parientes suyos, humildes personas que guardaban con orgullo, pero también con gran discreción, los recuerdos del hijo de Miriam, a quien llamaban simplemente Yeshua. Su madre Miriam, María como es conocida entre los griegos, ya era anciana, pero hablaba con serenidad y sabiduría. Ella me recibió con gentileza y contó sobre la infancia de Jesús. Dijo que desde muy joven ya demostraba una comprensión única de las Escrituras. Miriam me habló de un episodio en Jerusalén, cuando Jesús, siendo aún un niño, fue encontrado en el Templo, dialogando con los Maestros de la Ley, quienes se admiraban de su sabiduría.

Tenía un brillo en los ojos, dijo ella, un brillo que nunca desapareció, ni siquiera en los momentos más difíciles. También hablé con algunos de sus hermanos; Santiago, conocido como el justo, fue quien más me impresionó. Un hombre de carácter firme y una reputación de piedad, que lideraba la comunidad judeocristiana en Jerusalén. Santiago describió a su hermano con una mezcla de admiración y dolor. Me dijo que al principio la familia tuvo dificultad para comprender la misión de Jesús, que les parecía locura y osadía. Poco a poco fue entendido como un llamado divino. Santiago confesó que durante la vida de Jesús muchos de la familia dudaron de él, pero después de su muerte Santiago fue uno de los que, según los relatos, vieron al hermano resucitado y conversaron con él. Fue revelador, no eran hombres buscando fama o gloria, sino personas simples dedicadas al trabajo manual, que hablaban de Jesús con un respeto solemne, como si él hubiera sido más que un simple hermano o hijo.

Libro de Flavio Josefo

Una de las figuras más intrigantes que encontré fue María Magdalena, una de sus seguidoras más dedicadas. Los relatos varían sobre su vida antes de conocer a Jesús, pero todos coincidían en que fue profundamente transformada por él. Ella me contó cómo encontró el sepulcro vacío y la primera visión que tuvo de él tras la resurrección. Hablaba con pasión y lágrimas en los ojos describiendo a Jesús como aquél que dio a su vida y le mostró un camino de redención y esperanza.

Después viajé por Galilea, Judea y hasta regiones más allá del Jordán, donde los discípulos de Jesús continuaban difundiendo sus palabras. Encontré a Pedro Simón, quien fue pescador en el mar de Galilea y a Andrés, su hermano. Estos hombres simples, de habla ruda, tenían un fuego en la mirada que me impresionó. Pedro me contó sobre los milagros que presenció: El andar sobre las aguas, la multiplicación de los panes y peces, las curaciones y exorcismos; hablaba con una certeza que pocas veces he encontrado entre los hombres.

Entre los seguidores de Jesús, también conocí a Juan un hombre que parecía tener una profunda conexión emocional con el Nazareno. Él me habló de la última cena, el momento de la traición de Judas y cómo todos ellos huyeron cuando Jesús fue arrestado. Su voz tembló al describir la crucifixión, diciendo que las tinieblas que cubrieron la tierra aquel día también fueron tinieblas en sus propios corazones.

En Jerusalén busqué a aquellos que fueron testigos de los últimos días de Jesús. Las autoridades del Templo y algunos líderes de los fariseos y saduceos hablaban de él con desprecio, considerándole un agitador y un blasfemo. Recuerdo las palabras de Caifás, el Sumo Sacerdote, justificaba su ejecución como un acto necesario para preservar la paz con Roma. Sin embargo, entre el pueblo la opinión estaba dividida. Muchos recordaban sus curaciones, sus palabras sobre el reino de Dios, su amor por los pobres y marginados.

Tuve la oportunidad de visitar el lugar del Gólgota, donde Jesús fue crucificado. Un lugar desolado, pero que según los que creen, se ha convertido en símbolo de esperanza. Escuche el relato de centuriones romanos que estuvieron presentes aquel día. Algunos dijeron que nunca habían visto a un hombre morir de aquella forma, con dignidad y palabras de perdón en los labios; incluso ante la agonía. Uno de ellos, un centurión llamado Longinos, afirmó haber sentido algo inexplicable, como si el propio cielo hubiera lamentado su muerte.

Al regresar a Roma, fuí testigo de una comunidad creciente, de los que se llaman cristianos. Son perseguidos y despreciados, pero tienen una fuerza interior que parece provenir de algo más allá de sí mismos. Se reúnen en secreto, cantan himnos, comparten el pan y el vino, y hablan de un Jesús que está vivo a pesar de su crucifixión. La mayoría de los romanos los ve como fanáticos, pero yo que ví los ojos de sus familiares y amigos, veo algo diferente. No están movidos por ambición, sino por una fe que desafía el tiempo, la razón y el poder de este mundo. No pretendo convencerlos de creer en lo que relato, pero deseo que sepáis lo que he visto y oído.

Sea Jesús un profeta, un maestro o algo más, él cambió la historia de nuestra tierra. Su impacto continúa creciendo incluso aquí en el corazón del Imperio, donde sus palabras son susurradas en las sombras. Tal vez nunca sepamos toda la verdad sobre él, pero que el Altísimo nos guíe nuestra búsqueda, que la paz del Dios de Abraham, Isaac y Jacob esté con vosotros y que él nos dé sabiduría para discernir los tiempos que vivimos, con respeto y devoción. Flavio Josefo historiador y siervo de nuestro pueblo.

Fuente: Palabra divina

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